Esta imagen actúa como un juego visual sutilmente onírico entre la realidad y su reflejo. Captura la vista de una torre histórica con rasgos barrocos que no se muestra directamente, sino únicamente reflejada en la fachada de vidrio de un edificio moderno. El vidrio está dividido por marcos metálicos verticales y diagonales, lo que fragmenta la imagen de la torre en campos geométricos. Así se forma un mosaico arquitectónico que resulta familiar y, a la vez, distante.
Desde el punto de vista compositivo, domina el contraste entre la suavidad de las líneas de la construcción barroca y la dureza de las líneas rectas de la estructura moderna. Esta combinación de lo histórico con lo contemporáneo, de lo curvo con lo angular, genera una tensión visual. La fragmentación de la imagen actúa como una metáfora de la memoria: algunas cosas las recordamos enteras, otras en fragmentos, otras más como esquirlas de impresiones.
La paleta cromática es suave, dominada por tonos arena, azul grisáceo y toques de cobre apagado. La luz es suave, discreta, pero destaca la textura del reflejo y los contornos de la arquitectura. Gracias a ello, la torre reflejada aparece como un recuerdo: ligeramente difusa, pero siempre presente.
La imagen transmite una sensación de calma y contemplación. Es una reflexión visual sobre cómo el pasado y el presente coexisten en el espacio urbano: a veces directamente, otras solo a través de reflejos que requieren una mirada atenta. La escena parece un instante detenido entre dos tiempos: un diálogo silencioso entre la ciudad antigua y su espejo moderno.